Que siento

Callar y no llorar

“Algunas heridas, si huelen que el aire es bueno,
se apresuran en cerrarse”
– Enza García Arreaza

 

Cada vez que siento unas ganas inmensas de llorar, no pienso en mí, pienso en mi madre. Volteo a la izquierda y luego a la derecha, buscándola. No sé qué sentir, casi nunca sé qué sentir. Entonces, me sumerjo en el aire, lleno mis pulmones y los vacío, una y otra vez, lentamente, hasta deshacer el nudo que controla mi llanto.

Todos mis miedos y todas mis frustraciones se renuevan al intentar escapar del linaje que ahoga mis emociones. ¿En qué pienso cuando las manos ajenas me alcanzan para sacudirme del cuello y pedirme silencio, silencio, silencio, mucho antes de que mis ojos se humedezcan?

Pienso en la cena de Navidad de hace catorce o quince años, cuando la mesa revelaba cada uno de los rostros que ahora se ven borrosos. Imagino a diecisiete niños corriendo, inventando pasos de baile para el acto estelar de la noche. Me gustaba vernos sonreír, descoordinados, y disfrutar los nervios que surgían antes de salir a escena.

Esas horas se encuentran detenidas en mi mente y son atravesadas por un recuadro que borra las sonrisas y las cambia por lágrimas. No sé muy bien cómo, pero me recuerdo llorando frente a todos después de darme cuenta de que Santa Claus no me llevó el juguete que pedí. Enseguida, mi madre me confrontó y eligió encerrarme en mi habitación mientras mis primos y hermanos jugaban. No recuerdo si me dijo algo, pero cuando cierro los ojos puedo recordar su mirada, furiosa, alertándome de las consecuencias. Me dejó ahí. No se detuvo a preguntarme qué sentía, y tampoco logró explicarme lo que yo había provocado en ella, pero no era muy difícil el acertijo: mi llanto le molestaba.

Nunca he tenido muy claros mis sentimientos porque pocas veces puedo expresarlos sin sentir que alguien me oprime el pecho para detenerlos. ¿Qué es entonces la alegría, el enojo o la tristeza? ¿Podemos hacer una pausa antes o después para analizar y explicar qué es eso que nos desborda? ¿Alguna vez intentaremos no paralizarnos ante lo que nos excede?

Ojalá no hubiera otras veces en las que los sentimientos se nos escurren entre los dedos. Sin embargo, hay días en los que me levanto de la cama con sudoración y temblores, y no dejo de pensar en la imagen de Alejandra en secundaria: falda de cuadros rojos con verdes, chaleco verde y corbatín; cabello recogido y lentes de armazón.

Casi todos los recuerdos que mantengo de esa etapa están relacionados con la forma en la que se burlaban de mí: mi aspecto, mis amistades, mi dedicación al estudio. Incluso, una vez un compañero se burló de mí porque el maestro de música decía que yo era su novia. A partir de ahí, cada vez que yo entraba al salón, gritaban nuestros nombres al unísono. Unos minutos después, mis ojos empezaban a humedecerse. Luego, la pregunta de siempre: “¿Ya vas a llorar?” Yo sentía mucho coraje, o tal vez era tristeza.

La vida nos hace pensar que la adultez trae consigo madurez y que esto se traduce en dejar atrás las cargas para volvernos conscientes y responsables. Nos visualizan inertes, listos para apropiarnos de un trabajo estable y una casa propia, amables, sonriendo todos los días, regando las plantas y pagando las cuentas. Que nada nos pese, que nada nos haga daño.

En mi familia, más allá de los malestares físicos, no platicamos de cómo nos sentimos. Nos sentamos a comer y discutimos las noticias. Nos ponemos al día sobre nuestros trabajos, contamos cosas para reírnos y de pronto rememoramos algún instante que nos permita guardar el pasado de una manera más limpia, de modo que no nos estorbe.

Algunos días, no nos atrevemos a mirarnos a los ojos, pero hemos aprendido a dialogar sin intercambiar palabras. De un momento a otro sabemos si debemos callar, o extender los brazos, o lanzar una pregunta al aire que nos obligue a pararnos de frente y dirigir las frases iniciales hacia la conversación que tanto miedo nos da.

Otras veces, el pánico nos gana y no decimos nada en voz alta. Ninguna duda, ninguna queja. No encontramos el lugar exacto para poner las sensaciones, no estamos preparados para hacerles frente. Así que dejamos que todo pase como quien espera a un lado de la ventana a que termine de llover.

¿Cuánto puede durar la no-confrontación: unas horas, un día, veintisiete años? ¿Hasta cuándo seguiremos siendo fantasmas frente a nuestras emociones y las de otros? ¿Qué haremos cuando no tengamos otra opción que ponernos de pie y preguntarnos cómo nos sentimos? ¿Por qué no apresurar el paso?

Hasta hace unos meses, habíamos logrado desenterrar y hablar sobre la tristeza, pero no hemos tenido la misma suerte con el enojo. Mi padre y mi hermano suelen ser autoritarios y luchan por el poder de ser escuchados. Mis hermanas se vuelven hirientes, mi madre evade y yo lloro, siempre lloro. Por eso muchas veces termino las conversaciones de forma abrupta, porque los otros deciden no escucharme: me insultan, me callan, o me hacen chiquita con su tono de voz.

Lo que nadie te dice es que, así como no eres escuchado, también tienes derecho a no escuchar. Yo no he aprendido a hacerlo, quienes me conocen me hieren con facilidad cuando me dicen algo sobre mi cuerpo, o cuando hacen juicios sobre cómo ejerzo la maternidad, o cuando menosprecian mi trabajo, o un largo etcétera que no estoy dispuesta a nombrar.

Cuando algo de eso sucede, casi siempre hay algún testigo de los sentimientos que reprimo, así que repito el ejercicio del inicio: buscar aire hasta deshacer los nudos. Callar y no llorar. Callar y no llorar. Esos son mis pensamientos justo antes de que empiecen a caer las lágrimas, justo antes de que otra voz me diga: ¿Ya vas a llorar?

No sé distinguir entre tristeza y enojo. Nunca lo he sabido. Y lloro. Lloro si estoy enojada y lloro si estoy triste, al menos así evito esa discusión.

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