Que siento

¿Cómo se nombra?

“Respiramos juntos y la angustia es un animal que se echa a nuestro lado y duerme”. 

– Maricela Guerrero

Estábamos casi todos en la mesa del restaurante esperando pacientemente la comida después de haber estado varias horas de pie. Todos estábamos agotados, bebíamos cerveza y agua, lo que estuviera a nuestro alcance. Jugueteábamos con las salsas y las papas fritas. “Soñé con Joey”, dijo mi hermana, y comenzó a temblar como quien busca algo que lo sostenga antes de caer.

¿Cómo se nombra? Las sábanas ordenadas, el piso de madera siempre liso y pulcro, como un traje recién planchado con laxitud simétrica. Las puertas abiertas a todas horas y la luz entrando desde cada ventana con cisuras lentas y profundas, acurrucándose junto a nuestros pies sobre una manta de tela blanda que decidimos ceder a la arritmia nocturna. ¿Cómo se nombra? Esto. Esto que sutura tu garganta justo un segundo antes de pronunciar la frase siguiente. Este brío moribundo y transparente que descepa tu dicción para parecer un torpe deletreo que se entiende sólo por el movimiento lento de los labios.

Ahí estaba, otra vez, el eco eterno en las escaleras, la calma de una casa que nunca estaba vacía y que ahora parece que lo está, el canto de los pájaros desde la copa de los árboles a las seis de la mañana que anuncia el instante correcto en que se deben estirar los músculos para descender en dos tiempos de la cama y, sin embargo, nada. Las piernas inmóviles negándose a continuar el paso; los párpados quietos sentados en la orilla de la almohada, aferrándose a la lucidez de los recuerdos y al miedo manso con un borboteo casi fugaz.

Cómo saberlo, cómo iba a saberlo. Que esto no es sólo el reverso de un vibrato de alegría, que no es dolor ni languidez. Esto que me sucede, esto que nos sucede, no puede detenerse de golpe como una simple vibración en el pecho, no se extiende bajo la mesita de noche ni se echa a dormir. Esta cosa, este colérico incendio me amalgama el corazón roto, roto, roto para encogerlo y resbalar lentamente sin risas, llorando de miedo.

Me desarmé de nuevo, perdí la secuencia de los días enhebrados. Volví a mi pasado como quien busca incesantemente una pieza que le hace falta y resulta que debajo de una serie de nombres que encabezan los perjuicios se encuentran todas aquellas sensaciones íntegras, escandalosas. El abrazo negado, la jardinera ocupada, los “no pasa nada” que paralizaron cada una de las maniobras que pudieron vadear todos los ríos a favor de la amistad, a favor del amor.

¿Cómo se nombra entonces? La añoranza de la ropa deteriorada. El recuerdo intacto del ruido matinal de la puerta de la azotea. El arco de su espalda repleta de vida. Su mirada paralizada de tanto amor, de tanto que había que decirnos. El calor, la habitación, nuestra familia: su voz, su voz, su voz. Esta ausencia que se me resbala, que no transcurre a tiempo, que no me permite moverme. ¿Cómo se nombra?

No era un gran momento. No era tampoco cualquier momento. El dolor llega de pronto y todo nuestro alrededor parece demasiado. No reímos, no volteamos, no cesamos, no entendemos, no decimos. Esperamos el silencio, esperamos la palabra, lo que suceda primero. Para recordar y volver al vicio de las fechas justas y la cronología de los hechos. Para que escuece, para que nos preguntemos por qué él y por qué así. Para nombrar, para poder nombrarlo – sobre todo – y hacer las paces hondo y suave con la sincinesia limitada.

Esa vez hubo un suspiro profundo sincronizado. Empezamos a caminar cautelosos sobre el orden de las cosas, observando de lejos y sosteniéndonos unos a otros. De repente, nos costaba respirar.

Nos caímos hacia adentro y no nos hemos puesto de pie. Nadie se recupera por completo de las pérdidas. Cómo íbamos a saberlo. Cómo íbamos a nombrarlo.

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2 Comentarios

  1. nereida dice:

    solo diré que me encanta leerte, es profundo y tan directo, conmueve y llena el corazón cada palabra!
    Gracias!

    1. Alejandra Olivares dice:

      ¡Gracias, Nereyda! Te abrazo mucho y siempre.

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