Que siento

Daños y prejuicios

No darse tregua,
no detenerse,
sólo galopar.

-Ivan Štrpka

 

Yo soy la que siempre pierde. Aquellas batallas, aquellos juegos, aquellos amores, aquellos amigos. Siempre sospeché que había algo que no encajaba del todo en mí, me metía al espejo con cuatro mensajes al día, recorriendo sus márgenes con la misma respiración de alguien que se esconde debajo de la cama para no ser descubierta.

Poco ha cambiado desde entonces, mis prejuicios hacia mí siguen vigentes, pero una cosa sí he de decirles: Respiro con la misma sincronía de quien sabe que este mundo nos queda demasiado grande y lo toma entre sus manos, sobre sus vísceras, con el mismo sentimiento de las esquinas dobladas y las líneas subrayadas.

Le pasa a ella, le pasa a mis hermanas, le pasa a mi madre, le pasa a mi mejor amiga, le pasa a desconocidas, nos pasa a todas. Ojalá fuera una novela, doscientas páginas de ficción pura no nos caerían mal; pero el miedo, las pruebas y las estadísticas nos dicen que no es así.

Decido retroceder a la plática que sostuve con mi madre hace un par de semanas. En México no se puede salir a la calle sola sin miedo, no se puede ser víctima sin sentirse culpable. El peor escenario: no se puede salir a la calle, ser víctima y denunciar.

Somos víctimas diario: de acoso y violencia (en diferentes aspectos), pero en esta ocasión, la denuncia no fue por ello. Joey falleció como consecuencia de negligencia médica y decidimos denunciar. Quisiéramos estar tranquilos, pero no, ahora tenemos más miedo que antes y, por supuesto, tenemos miedo de perder.

El perder, en este caso, no sólo implica ego ni dinero ni tiempo, sino justicia. Claro que en México, no sólo no existe, sino que las consecuencias son gravísimas. No es el poder ni la corrupción, son las amenazas, los golpes, las patadas emocionales.

Cómo encerrar a la lengua en una jaula cuando te encuentras frente al autor y no puedes sino repetir la misma historia que sigue arrancando tu torso, el recuerdo intenso de aquello que terminaste perdiendo y que, en cambio, no lograron arrancarlo de tu pecho.

Me está doliendo la memoria, lo que no pudo ser, los ojos cerrados, las nulas palpitaciones, la voz ausente, las raíces desnudas al aire. El desconsuelo es algo que nadie entiende y que todos cuentan como si lo conocieran, pero lo que tienen es sólo una idea, una reminiscencia que no se encuentra ardiendo.

No estoy hablando de arrinconar el dolor del otro, estoy hablando – sobre todo – de acariciarlo con los ojos cerrados, echado en el tapete bajo el candil de madrugada, haciendo solamente los ruidos necesarios sin amaestraerse para esperar el choque que esparce el aire de un lado a otro y justo ahí quedarse.

Romper cada día y construir como las primeras veces desde la tristeza morada, no tengo otra opción ante las noches imaginarias y los disparos ajenos. Y no, no es mi intención destrozar al otro, porque le guardo mucho respeto al dolor.

Estoy preparándome para el contra ataque, aunque eso implique colgar los miedos en mi antebrazo derecho para arrojarme al invierno que me espera, coserme el pecho con saliva salobre y abrazarme a la única esperanza que tengo por ahora: justicia.

No sé lo que nos espera a la vuelta porque no quiero sentir el vértigo todavía. Me estoy preparando para volver a bracear en este país donde tengo todas las de perder y, sin embargo, tengo que obligarme a seguir nadando.

Quiero pensar que todo lo que he perdido me ha liberado y pretendo liberarme de la impotencia, no más. Ningún sentimiento se ha marchado y no lo hará el dolor, porque me está carcomiendo las plantas de los pies.

Mi intención no es corregirlo, así que les recomiendo leer, les sugiero escuchar: Soy la que siempre pierde y también soy la que siempre cae, pero siempre digo que puedo ganar y levantarme y no me gusta mentir.

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