Que siento

Dar, esperar, pedir y agradecer

El sol les da a pleno en medio del agua.
La silla y el libro quedaron abandonados
en esta parte donde impera la sombra.
Aún así nos toca el calor.
La claridad supera a lo oscuro
en casi todos lados.
– Valeria Cervero

 

Hay personas que duelen. Cuando se van y cuando se quedan, cuando las ves de cerca y hablas con ellas, o no hablas sino discutes, o no discutes sino murmuran, o no murmuran sino ríen cuando te has girado, y cae todo menos la necesidad de competir: quién puede más, quién hiere más.

Vengo a decir lo que – quizá – no deba decirse: estoy desesperada y, a veces, no sé contenerme porque también estoy cansada de ello. Guardar todo, respirar siempre, aguantar los golpes, los gritos y las descortesías. Las relaciones son como campos minados y hay que ser muy cautelosos al momento de pisar.

Sobre los daños hablaré luego, nada más porque sí.

El martes fue un mal día y no tienen por qué saberlo, pero se los voy a contar. Visto desde afuera, estaba perdida, y no sólo perdida sino sola. A mí no me preocupan ninguna de las dos cosas: conozco de sobra lo fácil que es para mí confundirme entre mis propios pasos y lo mucho que disfruto recorrer distancias con música de fondo. Reconozco, incluso, mi capacidad para dialogar y cargar de preguntas a otros antes que quedarme con dudas.

Quería saber todo y, en cambio, no tenía nada. Se fueron las horas mientras caminaba de un lado a otro. Subía y bajaba, entraba y salía. Dejé cada sonrisa en las personas que logré ver de frente y, sin embargo, sólo recibí la desilusión de quien entrega toda su energía y obtiene lo único que no es conveniente.

Entre reclamos, conflictos y condiciones seguí deambulando. Ya no me producía emoción sino tristeza, me parecía estar dejando la piel y las fuerzas en cada espacio. Me resultaba agotador no saber a dónde ir ni con quién. Cada persona tenía una respuesta diferente y ahí estaba yo, fluctuando entre la indiferencia de otros y mi ignorancia.

Ojalá hubiera sido más prudente y más fría, pero ya saben ustedes de mi sensibilidad. Soy cobarde, chillona, explosiva. Los sentimientos me invaden así nada más y yo los dejo pasar como si nada, como si nunca, como si siempre. Me quedé sentada en la parada de autobús, arrojando lágrimas al pavimento mientras esperaba una buena razón para seguir y no correr lejos.

Mi mente decidió que ser atravesada por un sentimiento era la mejor opción y, de pronto, mi corazón después de insuflarse, comenzó a reblandecerse. De todas las cosas que evocan de mí, nada me satisface más que dar la mano y sonreír, sonreír siempre con el entusiasmo intacto.

Dar, recibir, esperar, actuar, perdonar, girar, cambiar, dudar, perder, conservar, lastimar, llorar, sentir, respirar, agradecer, sanar, aprender y seguir adelante. Empezar otra vez.  Trasvasados a la vida real, todos estos verbos daban como resultado la contracción de una mujer que apenas si podía darse cuenta de lo obvio: no perder la esperanza, la energía ni la capacidad de obtener respuestas eran las únicas salidas razonable.

Para mi suerte, no todas las personas tienen desastres internos, o los tienen pero siguen encarándolos con su faceta valiente. Tuve la fortuna de encontrarme con dos, tres, cuatro, cinco de ellos que expulsaban sonrisas al aire. Mientras los veía con la misma alegría, me repetía: Qué vicio, qué manía: la de ver a través de un corazón noble; la de ver, en todo, un oasis luminoso.

En ese momento tuve – por fin – la certeza de que mi aflicción estaba a punto de terminar. La pregunta clave era cómo hacerlo y la verdad es que ya tenía algunas pistas. Afortunadamente ya no iba a oscuras y las horas que había caminado me habían servido para desechar lo que me estaba estorbando. Ahora estaba lista de nuevo para escuchar, valorar, agradecer y pedir ayuda las veces que fueran necesarias.

Ellas pudieron haber hecho otra cosa, pero no. Se detuvieron a ayudarme, a abrazarme con lo que tuvieran, a devolverme lo que me habían quitado: la seguridad de que la gente buena existe, está aquí con nosotros, sólo hay que aprender a observarla, despacio, despacio, como si no necesitáramos su presencia.

Y sí, fue de su mano que logré volver, de mí, hacia mí y hacia mi destino. Todos ellos son los que suman y conectan, y despiertan en mí (y en otros) el interés colectivo; la necesidad de ayudar, de aportar y, sobre todo, de dejar de dañar.

Haciendo un resúmen muy injusto, no sirvo para improvisar. Necesito pensar en lo que va a devenir, tener tres planes (por si acaso), y también necesito saber con quiénes cuento. Quién me cuida, quién me valora, quién no me ignora, quién me puede secundar.

Diré, incluso, que hace falta una buena dosis de entusiasmo y empatía. No sólo a la sociedad en general, sino a quienes ejercen su autoridad a la fuerza y sin calidad de servicio. A quienes te humillan y alzan la voz para que otros puedan señalarte y, a su vez, puedan reafirmar el poder que tienen sobre ti. A quienes abren la boca sólo para juzgar y burlarse de los defectos de otros. A quienes odian y hacen de este mundo un peor lugar.

No hay conclusiones, sólo quisiera pedirles que recuerden un momento en el que hayan necesitado ayuda y piensen en cómo actuaron. Sigan desde ahí. Tengan paciencia, limpien su propia suciedad, sean responsables de lo que hacen, equivóquense y pidan perdón. Pero, sobre todo, agradezcan. Lo que nadie ve, lo que no les importa, lo que aparece de vez en cuando y desaparece de la nada.

Escriban, escuchen, acompañen, sonrían. Tal vez nunca sabrán lo que dieron, pero sigan dando y agradeciendo, aunque eso implique uno o muchos daños colaterales.

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