Que siento

¿Dónde te encuentras?

Una casa no siempre es una casa;
puede ser la excusa perfecta para una renuncia. […]
Un ejercicio solitario en medio de la espesura.

-Valeria Cervero

No sé en qué día vivo. Resulta que estos días, sus horas y sus minutos se cuentan diferente desde que él no está. Nuestra casa parece construida desde un punto contradictorio: con más amor, con más fuerza, pero todavía sin ganas. Los que habitan intentan persuadir a los desconocidos de que la fe les ha sido arrebatada, que los brazos extendidos no alcanzan cuando el cuerpo se cansa y escupe y patea porque no está listo para guardar tanto.

Me sigue el calendario cada vez que me niego a hacer algo. Alarma cada cinco minutos, regaños cada diez. Hacer lo que no hice y lo que no quiero hacer. Invento estrategias para posponer mis tareas, cierro de golpe mi agenda multicolor, procuro ir hacia adelante todo el tiempo y no hago más que retroceder. Hago lo puedo.

Me siento en un territorio desconocido donde todo contacto estimula mi miedo. Sé que estoy aquí, pero también sé que no estoy completa. Tal vez esta frágil percepción es la desolación con acento crítico, las múltiples partidas que me están haciendo pedazos. Por eso prefiero no pensar en el tiempo, no repasar mis (malos) hábitos ni hacer un recuento de los horarios en los que dormí y comí porque quizá haya olvidado todo.

¿Y tú dónde te encuentras? Las preguntas más sencillas son las más difíciles de responder. Yo no sé dónde estoy pero, ¿y tú? Me disculpo por no preguntarlo siempre (o casi nunca, a decir verdad). Sucede que estos no-días son míos, son lo único que tengo por ahora y no pienso adelantarlos ni anteponer a nadie. [Problablemente eso explique lo que sigue].

Esta casa nueva, con ventanas y sin cortinas, esta casa casi vacía es mía. Muchas veces no sé qué hacer, no sé qué decir, pero aquí estoy. Sola. Mis amigos se han ido (al menos por un tiempo), pero está bien porque hoy no tengo nada que ofrecer: mis refugios devastados, mis ventanas sin viento y mi aire contaminado; los frascos que conservo, las cartas archivadas, lo poco que quedó de mi paciencia, mi amor seco y arrumbado.

No me pienso mover (aunque sienta la necesidad de pedir perdón antes de tomar la decisión). Esta es mi cama, mi abismo, el único lugar en el que me puedo sentar al borde y estremecerme hasta entender cómo se siente llegar al fondo. Quizá cada vez estoy más lejos o más cerca de entenderme, de salir, de encontrarme, pero aquí adentro todo es nítido: las partes rotas duelen y el dolor es dolor, los abrazos son sinceros y la alegría es alegría. ¿Me explico?

Estos días, estas horas y minutos son míos. No duermo bien, pero duermo honestamente. Me encuentro entre escombros, pero acaricio el polvo. No hay recordatorios, pero hago lo que puedo con amabilidad y en tránsito. Este es mi espacio: Respétalo, entra con cuidado, no toques lo que no es tuyo, pide permiso y pide perdón.

No asumas, no rompas, no dañes.

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