Que siento

Pánico

“Nunca se sabe lo que se está
mirando por última vez.
Toda hora es despedida”.
– Javier Peñalosa

Hay días así. Días en los que no sucede nada. En los que no que quieres tomar partido ni discutir, no quieres tomar decisiones ni tener la razón; días en los que caminas por toda la casa, descalza, abriendo cajones sin saber qué se busca ni qué se espera. No hay nada. No hay olores, ni sabores, no hay ropa que lavar, doblar o colgar.

Hay días en los que no quieres escribir y tampoco que alguien te escriba, avientas las sílabas esperando que no las encuentren y cierras los ojos deseando que ojalá tu amiga esté bien, ojalá que el dolor de tu familia pase pronto, ojalá que la persona que quieres esté bien allá – aunque lejos – pero que se acuerde un poco de ti y sonría, ojalá que no la hayas lastimado, ojalá que lo que hay adentro perdure.

Hay días, largos días, en los que recuerdas las amistades falsas que se esforzaron para permanecer en un lugar en el que no querían estar más, y los detuviste, los sotuviste con ambas manos para transformarte, para hacerle un espacio a la memoria de lo que duraría para siempre, para luchar por las promesas, por los recuerdos, por las fechas de cumpleaños, por las ganas.

Hay días en los que te sientes en pausa, pero nada te conmueve. En el cuerpo se van enterrando cada una de las emociones desplazadas, las sensaciones de aquellos días en los que fuiste feliz y en los que te rompieron el corazón. Justo en ese momento entiendes lo vulnerable y expuesta que has estado, pero no lo permites, los días tibios no te permiten desmoronarte.

Miras a tu alrededor y no te encuentras ni en el espejo: qué estás leyendo/ qué estás estudiando / piensas que los poemas no son tuyos / y te alivia el no escribir / piensas que esa ropa no es tuya / que ese cuarto verde no es tuyo / y te alivia el pensar que es así / piensas que dormir te va a aliviar / que mañana todo irá bien / que todo pasa / y piensas que pensar eso te va a aliviar / y nada de eso te alivia.

Lees, continúas leyendo porque quieres escuchar a otros, y paseas la mirada de izquierda a derecha, tocas la esquina del rectángulo con el dedo medio para continuar, pero te detienes al darte cuenta que la voz interna sigue en off. No quieres hacer un esfuerzo por seguir la lectura y tampoco quieres retroceder, así que sólo cierras el libro de golpe y esperas paciente.

Miras por la ventana la casa de enfrente, las gotas que resbalan lentamente por la ventana hasta que caen al suelo y se detienen por un instante, sólo por un instante. Piensas que podrías estar ahí siempre, que ese sonido y esa vista te mantienen en equilibrio y que vuelves, vuelves a ese lugar cuando todo lo demás gira en cámara lenta.

Te sientas en el piso con la columna sobre la pared y cruzas las piernas – pero no los dedos – esperando que pase el calambre, la sequía, todo aquello que sucede sin miedo, sin buen o mal humor, sin desánimo ni escaras dañinas.

Hay días largos, días que se convierten en semanas y en meses; una fase sin comienzos ni finales aparentes porque no sabes dónde estás ni porqué. Quizá sea la desilusión de esos días que te anteceden o esa emoción eléctrica que decidiste alejar cuando alguien te dijo <<amor>> y no supiste hacerle frente.

Es un sobresalto – de rabia, de pánico, de incertidumbre -, un recordatorio inminente de quién eres, una brújula, un pequeño quiebre que evita el derrumbe. Cada vez que estás a punto de caer desmenuzas todos los huecos del mar profundo y te ofuscas en el único norte posible: escribir.

Escribir aunque sangre, aunque sean frases intermitentes y cortadas en impar. Escribir desde el comienzo, en soledad, con hambre, descalza. Escribir hasta llenarse, hasta vaciarse, hasta que pase, que todo pase.

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