Que siento

¿Quieres un abrazo?

Esta noche pienso en ti, en el frío que hacía en la azotea. Quizá la extraño, a la azotea; quizá una parte de mí quisiera volver a subir y caminar descalza a las seis de la mañana, sentir el movimiento del aire entre mis dedos y esperar el amanecer junto al silbido de los pájaros. Todas las mañanas pasaba por ahí, agradeciendo un nuevo día, respirando con calma antes de iniciar con el caos rutinario.

Inhalar y exhalar. Respirar ahí parecía tan sencillo que, incluso, conocí la paciencia de los minutos que avanzaban para poder salvar cada uno de los recuerdos llevándolos entre las hojas para que flotaran lentamente hacia las paredes color vino. No me arrepiento de haber llorado tantas veces en el azulejo donde nos sentábamos y me veías de cerca, entonces comenzabas a hacer ruidos extraños y yo sentía la obligación de callarme, de respetar la fuerza de tu voz.

Los primeros días pude sentir el deseo de complicidad, cómo todo volvía al epicentro de mi cuerpo con tan sólo mirarte. El amor está en las cosas ocultas y desintencionadas. Te vi tan completo: cobijado con nuestro cariño, escudado cuando contemplabas el enojo de varios. Y no es que quiera necesitarte, pero pasa. Pasa que esta vez quisiera llevar al menos la marca de las mordidas, guardar los zapatos impares a causa de la destrucción con tus cuatro colmillos y entonces pienso.

Que te gustaría sostener nuestros terremotos una vez más, contemplar al lado (y no desde arriba) nuestra historia entera, liberarnos del dolor que sentimos desde que no estás aquí y que, al sentir que nos extrañas, puedas también venir a vernos. Extender todo: El tiempo y el borde difuso de la ilusión. Plantar una bandera, caminar sobre tres pies, quedarnos en silencio, correr hasta alcanzarte.

Ahora sigue un camino largo que te extraña y lleva grabadas las iniciales de tu nombre, construyendo nexos que ayuden a tirar abajo los días intranquilos, aunque sepamos de sobra que ya nada nos puede reparar. Es el cuerpo el que aguanta cuando no entendemos el aire que debemos respirar. Respirar sin caminar, sin pensar, sin subir y bajar las escaleras, sin quedarse tranquila, sin encontrar paz.

Inhalar ya no es tan fácil y exhalar entre espasmos es un mal que inunda por dentro. Así que está bien haber llorado juntos, llenar de luces el trayecto que bordea tu nuevo hogar, ver cómo nos dejamos caer uno a uno con el sentimiento que nos castiga por no poderte sostener un segundo más.

¿Quieres un abrazo? El dolor no me alcanza para salvarte de otra forma, por eso extiendo mi brazo esperando que algo -por fin- esté bien, que la luz no nos queme si nos encuentra y que de nuestras manos no se escape la única promesa que podemos cumplir: Amarte hasta el final. Y no sé si es verdad, pero decirte que aún nos queda tiempo para sanarte, sanarnos, y podamos juntos florecer.

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3 Comentarios

  1. Luis dice:

    Hermoso y muy profundo, ohala algún dia pueda escribir asi de hermoso como tu. Saludos.

    1. Luis dice:

      *Ojala

    2. Alejandra Olivares dice:

      Muchas gracias. Cuando quieras compartimos escritos. <3

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