Que siento

Un minuto estás bien y al otro ya no

Cuando Joey murió yo estaba tomando vino con mi amiga. Pensábamos en cómo la vida nos había cambiado. Era ya de madrugada y estábamos por ahí, mirando a la gente pasar, mirando nuestras caras preocupadas y analizando lo que hay abajo, lo que hay detrás, al fondo.

Los días anteriores fueron de pesadumbre. No puedo asegurar que presentí la catástrofe, pero dentro de mí algo no estaba bien: Ansias, arritmia, el viento me calaba hasta los huesos. No supe qué hacer porque no logré descifrarlo.

Sentí un vacío al llegar a casa, no quise cerciorarme. Creo que era miedo. Miedo de asomarme a otras habitaciones y no obtener respuestas. Hay cosas que no se olvidan, un minuto estás bien y al otro ya no:

-¿Estás en la casa?
-Sí, ya estoy aquí.
-Joey se puso muy mal, están en el hospital.

Rompí a llorar, culpándome por no haberme quedado un minuto más, por no abrazarle lo suficiente cuando regresó a casa, por haber pasado un buen momento mientras él luchaba por su vida.

Me recompuse no sé cómo y bajé las escaleras rápidamente con la esperanza de verlo ahí. Caminé dos pasos y otros brazos comenzaron a llorarme encima. Sentí el peso de la desolación, del que está obligado a hacer algo que no quiere. No pregunté, me quedé estática, intentando brindar consuelo a quien vivió todo de cerca.

No pude dormir, su imagen hipnótica repasaba mi mente como quien tiene una sombra encima que lo sigue a todos lados. Entre sobresaltos, logré conciliar el sueño hasta que mi hermana se acercó corriendo con lágrimas en los ojos, quise ser optimista, pero no pude.

De camino al hospital todo era silencio, sólo había murmullos que parecían, más bien, súplicas beatas. Esperábamos convertir su dolor en sonrisas; prometíamos en nuestra mente dejarlo subir a la cama, dejarle la puerta abierta, regalarle paletas heladas. Todo a cambio de un poquito de resistencia, un último esfuerzo.

Llegamos aterrados, guardando todo el amor para entregárselo en cuanto estuviera bien. No fue así, Joey murió y la frase “lo siento” sigue taladrando mi memoria, haciendo huecos en cada rincón. Murió entre enemigos que le robaron su último hálito, incapaces de darnos soluciones inmediatas, abadonándolo en brazos inexpertos.

Lo vi recostado por última vez, no sé si descansando. Hubiera preferido no caminar hacia él, no mirarle los ojos cerrados. Quizá de esa manera, podría tener un recuerdo más lúcido, una sonrisa viva, un aullido intacto.

Sigo sin asimilar que la muerte significa no volver a ver a alguien que amas. Por eso sigo llamándole de vez en cuando y escucho sus pasos en la azotea, cierro las puertas para que no entre a destrozar mis zapatos y cuento ocho miembros en la familia.

Pocas cosas han cambiado desde ese día, es difícil despertar después de verlo en sueños y buscarlo desesperada por toda la casa. Ya no hay ruido, ya no está en la orilla de la cama. Un minuto estás bien y al otro ya no. Aquí estoy yo, sólo yo.

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