Amor propio

Los errores que no cometí

Me arriesgué.
El otro día me quedé dándole un discurso al espejo, como si hubiera olvidado quién soy. Le hablé de mi vida como si por fin la pudiera entender. Me atreví a aceptar que no soy sólo una sonrisa, ni una pequeña torre de errores acumulados que me recuerdan a cada rato que he actuado mal.


De nada sirvió.
Tú estabas ahí, mirándome, respirándome, guardándome un poquito de rencor para poder desquitarte en mi próximo error. Entendí menos de lo que logré sentir, me arrodillé ante la esperanza y grité al cielo entender las circunstancias. Me convencí de que nada pasaría, que todo estaba perfecto y nos perdonaríamos una vez más.

Me desconocí.
Escribí mis inseguridades en fotos ajenas, recorrí mi pasado y me tocó la piel. Y es que esa parte de mi vida no me suelta, la he amarrado a mi sonrisa falsa para tener un sitio inseguro al cual volver. Día a día trato de ignorarla, de arreglarla, de amarla un poco para no sentirme tan mal.


Te alejé.
Nadie me avisó que eras punto y aparte, que contigo no había final. Pero esa parte que me grita los celos y me arrebata la tranquilidad siempre vuelve, me arrastra al punto más bajo y no me permite retroceder.


No supe qué hacer.
Me he cansado de luchar conmigo, de trabajar mis defectos. Yo soy un mar de emociones que no puede ocultar cuando llega la marea. Soy la sombra de un árbol, los lunes por la mañana, las heridas que duelen y abres hasta sangrar.


¿Y entonces? ¿Qué se supone que debo odiar?
Yo soy mucho de valorar el tiempo, intento siempre llegar puntual; pero cuando se trata de mí todo cambia. No sé estar cuando más me necesito, no sé apoyarme ni darme inspiración. Me quiero al espejo en diferentes vidas.


¿Me entiendes?
Yo no soy mis errores ni mis caídas, pero son parte de mí. No busco amor en otras partes, sólo en cada pedacito de mí. Porque si tú no me entiendes, yo sí. Yo puedo disfrutar mis momentos de enojo y seguir reconociéndome, tú no; porque cuando yo grito mis miedos, araño tus dudas. No has comprendido que hay algunas partes de mí que debes aprender a apagar para enseñarme a ser mejor, a vivir mejor.


¿Con qué miedos me debo quedar?
Porque ahora ya no soy sólo yo contra mí, somos dos contra una parte de mí. Por eso te pido que me entiendas. Que no me enojo para poder gritar, ni te grito para poderte callar. Entiende que abres mis instintos y enloqueces cada uno de mis sentidos, incluso el que está mejor acomodado. Entiende que no tengo elección cuando estás cerca, que los miércoles me quito la dignidad. Que me caigo porque me gusta que me levantes y que a veces prefiero caminar.


Y renuncio.
Supongo que es así como prefiero escribirte, sabiendo que no podría partir de aquí. Que, en realidad, debería estar buscando una rutina más placentera que me permitiera alejarme de mis errores para volver a empezar.


Es ahí cuando el orgullo pasa de ser un sustantivo inalcanzable a un adjetivo que merecía desde el día en que nací, porque soy necia y orgullosa, pero déjame decirte que así aprendí a respirar, a no caer con cualquier cosa y, de vez en cuando, escribir algunos himnos para los más débiles. Aprendí a merecer el mundo en el que vivo, a no ser un simple quejido para los demás. Que la constante leyenda de “nunca cedas”, para mí es una frase más.

No hay más sobrevivientes, porque la vida siempre nos enseña que debemos cambiar, pero hay que ser muy valientes para intentar.


¿Qué es perfección para ti?
Si toda la vida nos la pasamos esperando algo, un reencuentro definitivo, un pasado perfecto, algo que nos saque un rato de nuestra lastimosa realidad, empezamos a crear diálogos y pensamos que las fiestas no valen la pena si no logramos poner un poquito de nuestro soundtrack personal.


¿Mis sueños? ¿Mis ideales?
Básicamente soy una sorpresa. Probablemente nunca me lo imaginé, pero no te quiero impactar. Quiero que me aceptes con mis esfuerzos, con mi soledad. Déjame hacer estupideces, tirar el odio por la ventana y hacer chistes en público.

Que soy una plática de madrugada, esos textos que no lees. Las ocurrencias de un concierto, la canción que no sé bailar. Soy el festival después de un beso, los problemas que desaparecen cuando te escucho hablar. Que soy, sobre ti y abajo, porque mi perfección es algo que no pretendo entender.


Quédate.
Que al final se trata de mis defectos, de los errores que no cometí.

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