Amor y matices

Ambivalencia

Ha vuelto el verano
cargado de abrazos
con las palabras exactas
en las heridas de mis manos.

Condujo mi pasado con calma,
sin estrellas fugaces
ni primaveras heladas
que me obligaran a dejar de llorar
por temor a ahogarse conmigo.

Me acarició el cabello
mientras tiritaba de frío
y encontró en cada suspiro
un motivo para quererme.

No preguntó con angustia,
no me empujó al precipicio,
no apresuró mis costuras
ni construyó puentes
sobre el camino averiado.

Se quedó con el polvo
y fabricó escondites,
lugares seguros para volver
ya sin miedo,
ya sin rabia.

Me reconoció en el paño del espejo
y no intentó limpiarlo
con romanticismo suicida.

Se quedó mirándome,
esperando a que yo lo hiciera,
porque sabía perfectamente
que la única que podía sostenerse era yo.

No me dolió quererlo
ni le importó curarse conmigo,
me quiso
con la boca seca,
las pupilas dilatadas
y los pies cómplices
que inventaron
una nueva forma de amar.

Por eso le dejo intacta
la cicatriz de la victoria
y cada tarea enmarcada
con la caligrafía inexacta
que nunca supimos descifrar.

Porque ya ves
que cada quién elige su victoria
y aunque ambos quisimos salvarnos,
todavía hay que aprender a girar.

El amor es así,
ambivalente:
Una demolición paulatina,
un incendio interminable
y la estela de un deseo constante
que canta en bucle
las palabras que no cansan.

Ha vuelto también el otoño
y las hojas que te salvan la vida,
ojalá que esta vez
no dejemos nada para luego,
no adelantemos un final.

También puede gustarte...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *