Auto descubrimiento

No – creo – comienzo a creer

Si supiera lo que duele, si todo fuera cierto, si

al enfermarme pudiera localizar

el músculo daltónico que aprieta las vértebras,

si supiera dónde empieza la columna,

si el masaje no fuera necesario,

si la presión, si el desgaste de los huesos

en desuso, si el descanso,

si la fatiga acumulada de lunes a domingo

no me exigiera dormir y entonces comenzara a creer.

 

Pero no creo. No creo en la sangre roja unificada, no creo en la genealogía

de las enfermedades y en la curación espontánea

que proclama el reposo. No creo en las dudas

debajo de la piel ni en las células muertas

que se resisten a la extensión,

al movimiento, al baile. No creo

en la perfección geométrica

de las articulaciones que desconocen

quién soy cuando arqueo la espalda para saludar

al sol en nueve respiraciones que

impulsan y distinguen una posición de la otra.

 

Definitivamente, no creo en los hombres

que mecieron sus manos junto a las mías

y luego las oprimieron tan fuerte que se me entumieron

las ganas de tocar a alguien más. No

creo en los ángulos del amor curativo

que todo lo puede y todo lo perdona,

pero nunca sabe qué responder cuando

el cuerpo se siente traicionado. No creo

en la displasia de las caderas que no deja

secuelas. No creo en la fuerza única

del fémur que busca escaparse hacia afuera, como si supiera

que está en el lugar equivocado y la ingle le dijera que no.

 

No sé cómo creer y por eso no creo

en las teorías que ocultan

las referencias y dejan todo a la imaginación y entonces nos toca anidar para reconocer

de dónde viene cada elemento. No creo en su no transparencia, como si el cerebro no arrojara

pruebas suficientes de que él es solo

la raíz, las dendritas, el alivio

de seguir viviendo. No creo en la distancia

entre mis brazos y la punta de mis pies. En la gravedad

que insiste en dejarnos caer sobre la tierra para ver desde ahí

lo diminuto, para darle valor a lo que perdimos,

para extrañar desde ahí.

 

No es lo que debiera, pero sigo sin creer en la iglesia y en los exorcismos. No creo

en lo aprisionados de nuestros demonios,

en las grietas de la piel porque la interferencia externa desbarata

la pared de las membranas y los nutrientes nunca.

No creo en las colisiones aleatorias ni en la elección del alma-cuerpo solo porque

nos sentimos perdidos, solo porque

estamos destinados. No creo en todas las dimensiones

si eso significa no existir en ninguna parte. No creo en las rupturas

espontáneas, sino en la transducción,

aunque tampoco la pueda ver.

 

No creo en los nombres

que le han sido dados a las cosas. No creo que el negro sea negro

siempre, tal vez ne-gris. No creo en la entropía como medida del desorden,

pero sí de la incertidumbre, de la falta de

comunicación, de equilibrio, de lo irreversible. Y entonces no creo en

la muerte azarosa

del que dice que se fue porque se ha adelantado,

porque aquí terminó. No creo en los finales, pero sí en las despedidas,

aunque si se trata de probar

entonces no creo.

 

No creo que mi edad represente algo

si estoy en el cuerpo equivocado,

si se me desfasan mis rincones cuando entran

las visitas, si no sé ser huésped porque

no creo en los hogares

donde se nace chueca, donde crecen

espinas por dentro y los huesos

lo resienten, y entonces

ya no hay líneas rectas y entonces curvas y

entonces giros y entonces

todo se dobla, se enrosca, como el árbol torcido

desde la raíz.

 

A mí me han dicho que crea, pero aquí hay

un dolor, 

un cuerpo,

un cadáver, 

huyendo de sí mismo

y no sé cómo comenzar a creer.

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