Desamor y fracturas

Cobardía

Ojalá nunca me mires con el mismo titubeo de esas huellas que dejaste en mi cadera, porque no me reconocerás. Tan sólo un minuto y pensarás en ello, quemará tus entrañas y entibiará tu paz; te darás cuenta que fuiste tú quien jugó con otras sábanas mientras sonaba nuestra canción y, aun así, me culparás.

Pero no, no diré nada que te detenga ni que moleste tu consciencia. Tú bien sabes que ya eres un espacio hueco que no merece nada, que los silencios son mi mejor respuesta después de haberte gritado de tantas formas que te amaba y tú sólo contestabas con cualquier queja.

Mejor me voy, sin contar los pasos y aguantando la respiración. Es que resulta que ahora soy yo la isla que detiene el oleaje y abre paso a las excusas que suben por el costado, porque sabes a sal y ahora sé que tu arena quema.

Es momento de huir, porque yo ya no sé de qué manera mirarte y hacer como si no estuviera buscando una herida. Así que sólo voltearé ahí, donde duele y ya no hay salida, a ver si de esa forma consigo quitarme esa manía mía de seguir tus pasos a todas partes. Disculpa mi cobardía.

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