Desamor y fracturas

Desencuentro: Praxis

No me lo preguntó. Desde el otro lado del cuarto pude darme cuenta de que estaba esperándome. Se esforzó por ser discreto, pero sentí el golpe de su mirada lleno de curiosidad. Apenas si podía voltear a verlo: parecía cansado, débil, un poquito triste.

Ese día estaba destinado a vernos, teníamos meses de no coincidir. Busqué opciones, me apegué a las salidas de emergencia; pero teniéndolo cerca, todo me complicaba la búsqueda. Me tropezaba cada veinticuatro segundos y me distraía con lo que fuera; porque él habita justo ahí: Donde me pierdo.

Si alguna vez fui valiente, en ese momento sólo se podía notar la sincinesia repetitiva de mis pasos que intentaban no denotar la arritmia de mi mente y mi corazón. Quería correr, cruzar, ser huida.

De repente, ya tenía el corazón lleno de heridas que me obsequió. Con ese pretexto, combatí otra vez ese camino que procuro no visitar y al que me obligo a esquivar de vez en cuándo; ahí conozco los olores, las formas y hasta los rincones debajo de la piel.

Me llamó por mi nombre y me tomó por sorpresa, él nunca es así. Me saludó y pasó muy cerca de mi boca; entablamos una plática cualquiera en voz bajita; como haciendo confesiones, como intentando encontrar lo que fuimos, pero sin forcejear. Las caricias viajaban frente a nosotros, sin aterrizar.

No, no me lo preguntó. Encontró un espacio reducido con poco ruido cerca del balcón. El contacto era mínimo, pero yo ya quería mirar distinto de nuevo. Yo siempre he sido de atardeceres y libros, de mundos nuevos; de vivir, sin disecciones. Él es aquél del apretón de manos que no se siente, de aventuras y mentiras, de esperas largas y las mismas rutas.

Me parecía imposible todo.
Siempre fuimos de jardines donde el cuerpo se mueve al viento, de canciones tristes y silencios cómodos. Fuimos universo y asteroides, arena y mar. Fuimos de los sueños encerrados que escapan entre parpadeos. Fuimos la raíz, el follaje y la flor.

Yo no tenía prisa, pero ya llevaba un viaje interminable cargando en la espalda. Me pidió que me acostara, que cerrara los ojos. Imaginé su rostro (sus gestos siempre me acompañan). Me estaba llenando de miedo cuando sentí su cuerpo tibio y desnudo. Me abrazó muy fuerte y besó mis labios como intentando hacer las paces.

Todos los movimientos estaban a la espera de seguir su ruta, sin prisa alguna por terminar. Quise encontrar un mejor lugar, pero sólo invertía minutos en no pensar.

¿Cómo fue que me dio tantos momentos?

Lo miré a los ojos y me di cuenta que tenía las manos vacías. Sólo habían dos cuerpos, sudor liviano y algunos quejidos de excitación.

Me levanté, dejé la ropa tirada y todas las tareas incompletas. No me lo preguntó, pero yo quería decírselo: Ya me había rendido.

Para mí, sus ojos son vuelta a casa; pero cuando todo se junta y resta, hay que seguir a flote, sin horarios habituales ni reglas ordinarias que sólo permitan caricias cada fin de mes.

Tal vez esté fuera de tiempo, pero siempre hay que amar más de lo que duele, más de lo que se extraña.

No me rendí por mantener las cosas sencillas; me rendí a la posibilidad de tenerlo a mi lado en cada amanecer, a no dormir con él ni decirle que lo amo toda la noche. Me rendí, aunque permanezca en cada centímetro de mi cuerpo, y lo dejaré habitar ahí hasta que solito se me desprenda.

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