Desamor y fracturas

Una y otra vez

Ya te esperaba. Sé que vuelves por segunda vez consecutiva a pedirme perdón y a explicarme si fueron tres camas o sólo fueron dos. No era raro sentirme traicionada, llorar a solas con la luz apagada y golpear mis rodillas con el mismo coraje que la vez anterior.

Hubiera preferido que me lo dijeras, que fueras tú quien confirmara que el sudor de tus manos era por el peso de tus mentiras y no por el corazón latente. Te lo conté todo, desde mis manías hasta el número de veces que me he puesto mi ropa interior; conté una a una las canciones y los besos, los viajes y las caídas, pero apenas si podía seguir contando las veces que me prometiste que todo iba a cambiar.

Es que yo ya no sé a quién creerle, si siempre vuelves con rosas y ya no sé si les quitas las espinas o se las dejas; ahora entiendo que es tu ritual. Vas por ahí rompiendo corazones y luego les avientas sus errores en la cara para que eso te permita volver a empezar.

No entiendes que yo no tengo salvavidas y que tengo permitido llorar. Al final siempre vuelves con la misma sonrisa y el mismo gesto de arrepentido que todos creen; porque ellos te señalan y tú te culpas, pero yo sé que la única responsable de todo esto soy yo. Total, ya da lo mismo escribir en una hoja en blanco que te quiero, porque el “te odio” siempre está de más.

Quisiera desearte todo eso malo, arrancarte las ganas de estar con ella y que sufras lo mismo que yo. Entonces recuerdo el olor de tu cuello, los jueves, los días de concierto, el parque, la mueca distraída hacia tu lado izquierdo y la cama destendida después de hacer el amor. Y todo se detiene, el puto mundo se detiene para pedirte a gritos que me vuelvas a besar.

De nuevo pierdo la memoria y comienza ese parpadeo, ese abrazo que arrulla y que calma las ansias locas que me dicen que todo está mal. Quizá yo ya he perdido la cabeza y no sepa distinguir que la persona que tengo en frente es la misma que clava sus heridas y me las inyecta como propias para luego recordarme que no importa cuántas bocas bese, él no sabe regresar.

Y para colmo te acomodas, haces sitio en mis paredes y recorres poco a poco cada espacio de mi columna vertebral. Otra vez soy yo sonriendo, recordando nuestro primer beso y escucho cada “te amo” después de la frase “descansa” y olvido que “hasta mañana” es una cita que ya no tiene lugar.

Vaya que me lo creía, por supuesto que lo esperaba y es que, así como ahora, aún tengo una lista gigante de cosas que nunca te dije y que necesito dejar de empolvar.

Entiende que ya no quiero escuchar más mentiras, que me he cansado de tus promesas y de todos esos planes que hacías con tal de que me quedara a tu lado. Supongo que ya sabes el fin de esta historia que comienza en esa boca que probaste y que no tenía mi sabor, y termina justo aquí, al lado de tus “te quiero” con esa mirada falsa que miente cuando me lo dice.

Y no, ya no te quiero y mucho menos te espero; se me acabaron las ganas y te terminaste mis fuerzas. Ahora sólo espero que tus inviernos le quepan y tus veranos florezcan aun cuando sabes que nadie te amará con la misma paciencia que yo.

Ojalá me eches de menos en las madrugadas y tus desvelos, pero no decidas regresar, porque entonces prenderé fuego a ese tatuaje en tu brazo y a ese camino en la carretera que te esfuerzas por recorrer.

Vete y que sea para siempre, porque ya no pienso escribir más reproches ni excusas ni perdones. Hoy sólo te queda una oportunidad, una, esa que empieza y termina con ese día en el que lo puedas entender absolutamente todo.

También puede gustarte...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *